Caprichitos (II) : A la desesperada
Pasaban los días y Roberto se resistía. Comencé a multiplicar mis salidas y entradas. La probabilidad de encontrármelo justo en la puerta era pequeña, así que la única opción era aumentar la frecuencia. Las pocas veces que lo veía a solas era de pasada y él solía agachar la cabeza. En cuanto oía mis tacones saltaba un resorte que le hacía concentrarse en su trabajo. Se ponía a la faena, se posicionaba de espaldas a mí y yo, después de haber salido adrede para pillarlo, pasaba sin pena ni gloria y me cagaba en su puta madre. Opté por forzar el saludo al menos, qué cojones. Un “hola” largo y pizpireto le obligaba a contestar y a salir de su ensimismamiento. Pero el muy cabrón levantaba la vista un microsegundo, me saludaba y volvía a los suyo. El suelo seguía levantado, los cables colgando, las puertas tapadas con plástico. Había tiempo. Mis excusas eran variadas: Un bocadillo. Un cargador de los chinos. Una escapada a la farmacia. Un ahora vengo... El resultado siempre catastrófico....